“Welcome to Kill City, it’s a playground for the rich, but it’s a loaded gun for me”
Iggy Pop – 1977
La publicación de los siguientes textos responde a un motivo de urgencia, principalmente, a su ya inminente obsolescencia. Inspirados en los eventos ocurridos en Nueva York, hace ya casi un año, estos textos estaban pensados como ejercicios de interpretación / des-encriptación de lo ocurrido y contenían ciertas aspiraciones mánticas, oraculares. A través de la vieja técnica del cut-up, de la manipulación del lenguaje encontrado, esperaba que los nuevos significados, propiciados por este cortar y pegar, me ofrecieran explicaciones sobre el nuevo tipo de marea política que estaba surgiendo en los Estados Unidos. Lo que sigue aquí son notas apresuradas, bosquejos de algunas ideas, meros conceptos sin fundamento y palabras robadas, que deseo escribir antes de que su actualidad pase.
EEUU es “la sociedad primitiva del futuro” y como tal, lo que sea que acontezca allí nos interesa mucho más que cualquier renacimiento en algún antiguo imperio oriental. En esa atractiva corrupción de la decadencia imperial esta naciendo un nuevo modo del asesinato, un nuevo modo de la política. Tanto Thomas Matthew Crooks, como Luigi Mangione y Tyler Robinson han expresado las vicisitudes de nuestra época en su accionar. Ambos parecen ser la encarnación de aquel agente público que Burroughs menciona en The Soft Machine:
“Soy un agente público y no se para quién trabajo, mis instrucciones llegan de los señales de la calle, de los diarios y de los fragmentos de conversaciones que capturo en el aire, tal buitre que arranca entrañas de una boca”.
Ambos trabajaron solos, en aislamiento y aún, después de meses de investigaciones, sus motivos no quedan claros. Su radicalización carece de la más mínima explicación convincente. Sus ideales y posiciones políticas, son extremadamente difíciles de reconstruir, y, si existen, son confusas o llanamente nulas. La mayoría de las teorías oscilan entre una psicologización totalmente banal y una posición que los ve como la expresión de la demencial senilidad política del capital financiero global. No es que estas hipótesis no puedan llegar a tener algo de verdad, sino que fallan en ver algo más que esta sucediendo en el fondo, algo que yo esperaba se manifestara al compilar los textos que presento aquí.
“No se para quién trabajo. Mis instrucciones vienen de su sangre, de los diarios y otras piezas”. A diferencia de los miembros de diversas organizaciones terroristas como ISIS o Al Qaeda, Mangione, Robinson y Crooks no son un ejemplo de una “Jihad auto-organizada y sin líderes”. No son tampoco lobos solitarios, gente que fue radicalizada online. Son agentes públicos burroughsianos activados por el sistema simbólico de una ciudad crónicamente online: “Salí y obtuve instrucciones en un rosa claro - viajeros chinos terminal – disparar en los pulmones – el trabajo del día”. Estamos ante la situación en que estos individuos “lo hacen, pero no saben que lo hacen”, o bien con sujetos que “no saben a donde los lleva este régimen, pero lo siguen”.
Es muy probable que su involucramiento en estas acciones haya sido una manifestación difícil de aprehender, engañosa e involuntaria de una guerra cuyo estallido ha pasado desapercibido o ha sido apenas imaginado por la gran mayoría de nosotras. Nuestra creciente incapacidad para reconocer lo real nos lleva a imaginar guerras a donde estas no existen o a no percatarnos de aquellas que realmente están ocurriendo. Las jerarquías ontológicas tradicionales se desdibujan, aún más, con la militarización de la hiperstición. Estos asesinos son la evidencia de que vivimos en medio de “ensamblajes de desconocimiento y anti-conocimiento, fabricas militares de ignorancia y ofuscación”.
La tendencia general de la guerra reciente ha sido hacia la hiperindividualización - desde arriba: Israel destruye objetivos específicos a través de bipers - desde abajo: un proletariado atomizado mata a cualquier político o empresario que se le ocurra con armas impresas. La guerra que esta ocurriendo es la guerra civil global, entre un capital global extractivo que busca sobrevivir a la catástrofe climática como sea y un proletariado/precariado, en algunas zonas organizado – consciente - y en otras extremadamente atomizado – inconsciente - que responde desde abajo de la única forma posible que queda: la violencia extrema. La guerra actual, la ciberguerra, como dicen Witheford y Matviyenko, “es la manifestación del inconsciente capitalista”:
“Son las características sintomáticas no reconocidas en el discurso neoliberal sobre el mercado global, principalmente, la profunda agresión y destrucción intrínsecas a un orden predicado sobre una privatizada y, crecientemente maquínica, competición”
En este sentido, la guerra actual es una guerra encubierta en tres modos: 1) una guerra intercapitalista como “manifestación semioculta de hostilidades llevada a cabo entre diferentes bloques estatales” (neoliberal, cleptocrático o autoritario) por la supremacía imperial en donde se busca atacar la infraestructura enemiga o movilizar a su población en su contra. (“En un planeta interconectado, no es solo el estado soberano el que interpela a sus sujetos con la intensidad e intimidad excepcional dada por los sistemas digitales, sino también, el enemigo: el estado adversario”). 2) Una guerra de clases desde arriba en donde las operaciones con big data permiten hiperindividualizar a los objetivos y realizar ataques de extrema precisión (léase cyberpunk israelí – mileismo). 3) Una guerra de clases desde abajo en donde manifestaciones abruptas, sorpresivas y singulares, desde una sociedad radicalmente atomizada, desembocan en asesinatos hiperindividualizados de los miembros de la ceocracia.
En este punto, es imposible separar las teorías conspirativas de la realidad de la guerra. La distinción entre accidentes y ataques se vuelve extremadamente problemática. La ciberguerra es la forma de la militarización en la era hiperreal:
“En lugar de presentar una relación entre un objeto y su imagen especular, debemos comprender la relación entre el ciberespacio y el mundo en términos de la figura más enredada y complicada (y deleuziana) del implexo. El implexo se describe menos como una relación entre objetos que como una transformación que le acontece a un sistema. El implexo designa un proceso de plegamiento o de despliegue: así, el ciberespacio no está ni “adentro” ni “afuera” del mundo, sino que constituye un pliegue en el mundo que, no obstante, es una verdadera producción - una adición - al mundo como tal. [...] La verdadera confusión comienza, por supuesto, cuando una zona implexada empieza a afectar la zona dentro de la que esta implexada. Esto es la hiperrealidad.”
Estos asesinatos son efectos de un planeta implexado en donde ya no hay un significante maestro que estabilice el significado. Todos los significantes son flotantes o vacíos. Hay una indeterminación total: “ninguna autoridad dice al sujeto qué hacer, qué desear, qué elegir”. Sin embargo, lejos de producir una liberación, esta ausencia de significado (el declive de la eficiencia simbólica), produce una oclusión insoportable y sofocante. Esta subjetividad electrónicamente mediada esta inmersa en “una infinita duda y reflexividad que intensifica la incertidumbre fundamental en la imposibilidad de totalización [del significado], en un ambiente simbólico en donde siempre hay otra opción, link, opinión o contingencia que no se ha tomado en cuenta”. Tal flotación, en el contexto de la ciberguerra, produce el agente público paranoide:
“En vez de elegir entre la posibilidad de estar paranoico y la posibilidad de ser seguido, uno se niega a tomar a estas opciones como mutuamente excluyentes y a estar dividido ante dicha elección, especialmente cuando la opción correcta parece ser la más aparente”.
Entonces, ahora, todo dice al sujeto qué hacer, qué desear, qué elegir. Obtiene sus instrucciones de la calle implexada, que es y no es parte del ciberespacio. Las señales de la calle, los fragmentos de posteos en 4chan o twitter y la propia sangre pueden referir a cualquier cosa: “¿Quién puede saber el verdadero significado de ‘covfefe’?” Estas instrucciones son hasta tal punto totales e indeterminadas que ellos mismos, o hasta las propias agencias de inteligencia que los investigan, no pueden diferenciar si actúan como agentes de una lucha de clases desde abajo/arriba, de un estado enemigo o de la mismísima agencia que los persigue.
Esto se amplifica cuando los propios sistemas activamente utilizan la indeterminación simbólica como un arma. Acto que genera loops de recursividad donde sujeto y objeto, atacante y defensor, enemigo y amigo se desdibujan, intercalan y superponen en una sucesión infinita. Todo esto es ya, por supuesto, historia antigua. Lo que puede llegar a diferenciar lo que sucedía con la CIA, el FBI o la NSA en los 70’ (esas famosas auto-operaciones), es que hoy estamos ante un momento en el cual el proceso conocido como intelecto general, subjetivado en la comunicación, la cooperación social, las habilidades cognitivas y las redes de conocimiento u objetivado en la ciencia y la tecnología socialmente producidas, esta cayendo bajo un comando militar directo (subsunción real):
“La ciberguerra opera mediante dispositivos de subjetivación que trabajan a través en diversas plataformas y se dirigen a las poblaciones de estas plataformas (poblaciones que pueden concebirse como ensambles de dispositivos y humanos), tanto nacionales como internacionales. Este aparato emplea agentes específicos (teniendo en cuenta que estos agentes pueden estar total o parcialmente automatizados) que interpelan e invocan [a los sujetos]. Sin embargo, la eficacia de esta interpelación depende, a partir de entonces, del contagio en red (donde, si el proceso "tiene éxito", cada sujeto interpelado se convierte en interpelador), un proceso que puede no conducir a ninguna parte, pero cuyo resultado acumulativo puede ser la formación de burbujas de filtros o cámaras de eco (las estrellas de la muerte o los agujeros negros de la ciberguerra) de sujetos autodisciplinados. La prevención y el ataque a estos partisanos enemigos digitales, reales o imaginarios, se convierten en la tarea de los mecanismos conjuntos de vigilancia y censura mediante los cuales el aparato de ciberguerra de cada régimen intenta prevenir su propia infiltración y perturbar al adversario. Así es como la ciberguerra participa en el proceso continuo de reproducción de la ‘ficción económica, política, jurídica y cognitiva del sujeto’.”
Ya no es que el capital fijo esta bajo empresas militares o que este tiene aplicaciones bélicas (el famoso complejo científico-militar-industrial estadounidense), sino que el propio ámbito de la comunicación, de los medios, del internet y las redes sociales es hoy un espacio bélico y absolutamente bajo control militar en el cual todos somos sujetos inconscientes de la ciberguerra global. Por eso, “tal vez, esto de la ciberguerra no te importe, pero a la ciberguerra definitivamente le interesas vos”. Lo que expone Witheford y Matviyenko es que nuestras subjetividades están siendo construidas y movilizadas por el aparato de la ciberguerra implexado en el planeta. Mangione, Robinson y Crooks son las repercusiones directas y terribles de las olas de recursividad fuera de control de dicho proceso de subjetivación. Como dijimos al inicio: las instrucciones están ahí afuera disponibles para cualquiera.
Obras cortadas y pegadas:
Mark Fisher. (2022). Constructos Flatline: Materialismo Gótico y Teoría-Ficción Cibernética. Caja Negra Editora.
Nick Dyer-Witheford & Svitlana Matviyenko(2019) Cyberwar and Revolution: Digital Subterfuge in Global Capitalism. University of Minnesota Press.
William S. Burroughs (2014) The Soft Machine: The Restored Text (Cut-up Trilogy). Grove Press.

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